martes, 27 de mayo de 2014

Entrevista a Federico de Arce: "La voz de El Shaday"

Queridos lectores:

Portada de La voz de El Shaday, de Federico de Arce
El pasado 15 de mayo presentamos la novela La voz de El Shaday, de Federico de Arce, en la IX Edición de la Feria del Libro de Toledo. Reproducimos aquí parte de la conversación que María Luz Comendador y el autor mantuvieron en dicha presentación:

Conozco a Federico de Arce desde hace muchos años, y, pese a que ha publicado poco, siempre lo he conocido escribiendo. Hace años que encontró su voz en la elementalidad de una escritura en apariencia sencilla que aborda los temas que más interesan desde siempre al ser humano, a veces exiliándose en el espacio y en el tiempo de culturas antiguas, a veces detrás de escritores imaginarios, sus heterónimos, quienes le exigen vivir sus vidas. Presentamos hoy La voz de El Shaday, una novela que toma su argumento de la Biblia, ¿de dónde viene, Federico, tu afición a la Biblia?
Desde pequeño. Era el único libro que había en casa, y, por una u otra razón, siempre estaba leyéndolo.

¿Qué razones?
Varios miembros de mi familia eran religiosos. En casa de mis padres vivía la tía Braulia, quien pasó su vida en Nicaragua de misionera, y vino al final de sus días a morir entre nosotros. Yo le leía la Biblia cuando se quedó impedida, al igual que a mi abuela Ángeles, quien, de manera muy graciosa, la llamaba siempre el libro del Gólgota. Además, la maestra, Ana María Espuelas de Torre, menciono su nombre porque fue muy buena maestra, le decía a mi madre que leyera mucho, y claro, como en mi casa sólo teníamos la Biblia y la encíclica Pacem in Terris, de Juan XXIII, pues estaba todo el día enredado con la Biblia. Hasta que otra profesora de filosofía, ya en el instituto, me descubrió a Dostoievski y a Franz Kafka, la Biblia fue mi única lectura seria hasta entonces, aparte de las novelas del oeste de Marcial La Fuente Estefanía, que le cambiaba a mi abuelo en el quiosco.

¿Cuándo empezaste a escribir sobre la Biblia?
Procuro leer todo lo relacionado con la Biblia, así que tengo en principio una extraña formación, o, dicho de otro modo, mi formación gira en torno al Libro: he leído mucha filosofía, antropología, historias de las religiones, libros de arqueología, incluso libros de militares sionistas que explican las antiguas batallas que se describen en la Biblia, y, sobre todo, los libros literarios que la Biblia ha generado. Pero empecé a hacer midrás antes de saber que era el midrás, y algunos de esos textos son los primeros que escribí hace treinta años.

¿Cómo fue eso?
Imitando a Franz Kafka. No sé si conoces un cuento de Kafka que se llama Cuatro versiones sobre Prometeo. Pues yo hacía lo mismo con los mitos de la Biblia, y así, tengo, por ejemplo, veinte y una variantes sobre el asunto de Caín y Abel y catorce versiones de la Torre de Babel. Y siguiendo la estela de Kafka, llegue a Hebel, a Benjamin, a Scholem, a Canetti, a Isaac Bashevis Singer, y al midrás. En fin, Kafka es mi mejor amigo, al menos es el ser humano con el que paso más tiempo.

Dices que el autor de La voz de El Shaday es Abraham Abravanel. ¿Quién es o quién fue Abraham Abravanel?
Abraham Abravanel es el pseudónimo de tres de mis heterónimos, José Luis de la Bodega y Anne y Hans Schielmann. Trataré de explicártelo con sencillez: Jose Luis, Hans y Anne vivieron en el siglo pasado, y sacrificaron en parte sus vidas en la lucha contra el fascismo en Europa. Anne, una judía húngara con pasaporte francés, descendiente de una vieja familia sefardita,  escribió una versión de la Biblia que explicaba, en parte, sus propias vidas, ofreciendo de paso sugerentes alegorías narrativas que explican algunos de los hechos más terribles de nuestro tiempo. José Luis y Hans fueron los dos hombres más importantes de su vida –hubo otros, algunos muy conocidos, de los que por recato, debemos preservar sus nombres, y mujeres–, y fueron también sus talmudistas y escoliastas: es decir, los comentaristas de este trabajo monumental. Abraham Abravanel, por tanto, son ellos tres, y yo mismo, claro. Cuatro autores, como en la Torah.

Abraham Abravanel. Suena bien, como una aliteración mágica, abracadabrante, capaz de abrir el sésamo. Supongo que por eso Anne eligió el nombre de Abraham y no el de Yehuda o Judas.
Sólo en parte. Abraham es el padre de las tres religiones del Libro. Y el nombre tiene mucha retranca, claro, como todo lo que escribió esa mujer. Abraham Abravanel puede traducirse como Nuestro Papá el de las Barbas. Todos queremos mucho a papá, pero cuando papá se encarna en la figura del tirano, del profeta, del sacerdote, del legislador, del notario, del psiquiatra –no hablo de profesiones a las respeto, sino de modos de estar en el mundo– da asco y miedo. El asunto está en que a veces miramos la barba del vecino, y no vemos la nuestra. Y mucho menos el rostro terrible que a menudo se esconde detrás de nuestra barba.

Entremos en materia. El libro se llama La voz de El Shaday. ¿Quién es El Shaday?
El Shaday es el nombre con que Dios se dio conocer a Abraham, Isaac y Jacob.

¿Qué significa?
Es larga historia. Aceptando el origen mesopotámico de Abraham –lo podríamos discutir– la filología nos dice que Shaday significó en su origen algo así como Dios de las montañas, la montaña divina de Mesopotamia, claro. Se trata de un término tribal que en la región asirio-babilónica se refiere al dios IL (El), hiperónimo del dios Anu, posiblemente esa abominación a la que Teraj y su hijo Abraham adoraban antes de adorar a El Shaday, palabra de la que deriva, por ejemplo, Alá, es decir, Dios, pero no el nombre de Dios, pues ni los judíos ni los musulmanes lo conocen. El Shaday es la palabra que con más celo administra la Escritura. Después del Génesis, aparece sólo en algún salmo y en la hermosísima historia de Rut –antepasada de Jesús– y en El libro de Job. Y no puedo decir más, porque no acabaríamos nunca. El Shaday es, en fin, el dios de la promesa patriarcal, el dios anterior a YHVE, Dios de Moises (Éxodo 3,4). Según un hermoso Midrás, Shaday significa el dios que se basa a sí mismo, y en la Septuaginta –primera traducción de la Biblia– se tradujo con el sentido de Omnipotente, el dios todopoderoso, es decir, el dios de la Fuerza, el dios de la aquedah, el dios de la prueba, el dios que exige la fe. Es curioso, de Shaday deriva Sidi, señor en árabe, por ejemplo, y me acuerdo ahora de nuestro Cid, el Campeador, y de Cide Hamete Benengeli, el narrador de la novela más hermosa de todos los tiempos, El Quijote.

¿Y Sara?, no hemos hablado de Sara, quien es, sin duda, la protagonista del libro, siempre a la sombra de su hombre, Abraham.
Sara, como Abraham Abravanel, soy yo, y yo, cuando escribo, soy una mujer, lo que no tiene nada que ver con el sexo. Tengo una amiga que dice que a ella, cuando escribe, le crece el bigote. Yo, que le vamos a hacer, me feminizo. Yo soy el que soy, dice el dios de la Biblia. Yo no soy el que soy, dijo un día Abraham Abravanel, es decir, yo, si digo, yo soy Abraham Abravanel digo yo es otro, me dije repitiendo la frase de Rimbaud hasta que entendí que escribir significa ser siempre otro, quizás un insecto o un simio que habla para una academia intentando encontrar una salida a esa cárcel que llamamos libertad, y a la que tanto tememos. Yo, cuando escribo, soy Abraham Abravanel, Anne y Hans Schliemann y José Luis de la Bodega, o Hu zi, poeta chino de los reinos combatientes, y, sea quien sea, siempre soy una mujer, porque el sujeto que escribe en mi voz es femenino, y la voz es voz, no es de El Shaday, ni de nadie. Es nuestra, de los humanos, y es lo único cierto que tenemos, pues eso de si tenemos alma o si hay una vida detrás de esta vida sólo son especulaciones de la voz, pero no su verdad. Pensemos que estamos ya resucitados, que estar aquí, vivos, por una vez, ya es bastante, como dijo Rilke, y no perdamos nunca de vista el rostro del otro, al que, insisto, si no podemos amarlo, en cualquier caso, se merece algo más que respeto.

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